domingo, 28 de noviembre de 2010

Quien dijo 'mieo'

Simancón y Reloj,
finalmente sólo Simancón, ¿llegamos al punto exacto más alto de la montaña?,
pues es difícil saberlo teniendo en cuenta la espesa niebla que nos invadía, lo
que sí está claro es que hicimos cumbre, puesto que hasta donde llegamos, no
había más que subir, llegamos a la arista, esa línea que resulta de la
intersección de dos superficies, considerada por la parte exterior del ángulo
que forman. Tan sólo había que continuar dicha línea hasta llegar al, según he
leído en la wiki, el montículo creado por los propios montañeros que indica el
punto más alto. Al otro lado de la arista tan sólo estaba el abismo, el abismo
que llegaba hasta dónde el gris de la niebla nos dejaba ver, también hizo acto
de presencia el viento (realmente siempre estuvo ahí, y fuimos nosotros los que
hicimos acto de presencia frente a él), muy fuerte empujaba, y muy bravo, y por
último, una corta en el tiempo, pero atemorizante lluvia transformada en
granizos, ¿nieve?, no, no, granizo que empujado por el fuerte viento, podía
hacer hasta daño.


Un poco más allá,
siguiendo la arista y a la izquierda, estaba el Reloj, no es que lo viéramos,
pero sabíamos que estaba ahí. Muchas cosas claras tiene este grupo de montaña,
pero si hay una que podemos destacar y que es inquebrantable, es el sentido
común, el sentido de la responsabilidad, de la coherencia, de la sensatez, de
la madurez. Lo vimos en el momento de la salida, lluvia incesante y abundante,
momento de reflexión y toma de decisiones y adelante, puesto que estábamos bien
preparados para la lluvia. También lo vimos durante el camino, ¿por aquí?, ¿por
allí?, ¿cómo lo veis?, ¿sí?, ¿podemos?, ¡adelante!, lo vimos en la base de la
montaña, niebla espesa, sin puntos de referencia, la decisión estaba clara,
parecía que nos íbamos, pero, en el último momento, vistazo a la izquierda, un
claro de luz, se veían montañas a lo lejos, se aclaraba por momentos, el viento
empujaba la niebla y casi veíamos la cima, no llovía, ¡adelante! Y por
supuesto, en la cima, había que estar el tiempo que había que estar, ni más ni
menos. ¡Quién dijo ‘mieo’! Miedo no, pero nunca faltaremos el respeto a una
montaña.

Esta crónica no tiene una
cronología, no cuenta las cosas desde por la mañana hasta por la tarde, las
cuenta como van saliendo, y esto me recuerda a aquel momento, en la pedrera en
la que Paco y yo nos separamos del resto del grupo para luego unirnos a ellos,
por el simple hecho de la accesibilidad y dificultad del terreno. Cuando
llegamos al punto en el que nos debíamos unir, en el que allí debían estar los
demás, ¡no estaban! Sino que estaban mucho más lejos y en una dirección que
nada tenía que ver con el lugar en el que nos lo podíamos esperar. Momento de
total desconcierto, ¿pero cómo es posible? Brújula en mano, y el Torreón de
referencia, “pero, ¡es imposible!”. Parecía que había habido una interferencia
entre las dimensiones del espacio y el tiempo, o como si una de las rocas que
pisábamos había cobrado vida y se había girado hacia otro lado, verdaderamente
este momento se puede calificar como el mejor ejemplo para explicar la palabra
desconcierto. La solución al misterio estaba en que, el resto del grupo, habían
vuelto a la posición  original de donde
nos habíamos separados.

Simancón, ¿de dónde
provendrá ese nombre? Cada vez estoy mas seguro de que algo tiene que ver con
la palabra Sima, es decir, cavidad grande y
muy profunda en la tierra, puesto que unas cuantas tuvimos que sortear
en el camino hasta la cima.

De cuantas ya he ido, y
de las que os he oído, creo que esta es la primera montaña en la que el punto
de partida no es el mismo que el punto de llegada. Subimos por una nueva ruta,
una ruta que me encantó personalmente, una ruta aparentemente difícil, pero
que, una vez en el terreno, y teniendo mucho cuidado, se puede hacer bastante
bien. Hay que saber donde se pisa y afianzar bien los pies, porque sino, una
torcedura de tobillo es bien probable. Es una ruta no excesivamente larga, y
que quizás nosotros la hicimos un poco más, tal vez para disfrutarla más. A
nuestro sudeste, a medida que avanzábamos nos vigilaba, el Torreón, el majestuoso Torreón. La montaña más alta
de la provincia de Cádiz, impresionante.

La elección de una nueva
ruta de regreso, fue en parte obligada por la adversa climatología. No era nada
conveniente, regresar por el mismo camino, debido a la combinación de la espesa
niebla y las enormes grietas que tuvimos que esquivar. La ruta de vuelta es la
ruta ‘normal’ para la ascensión al Simancón, la ruta que casi todo el mundo
hace. Y éste fue el momento de otra gran decisión, adelantarnos parte del grupo
con respecto al resto, para llegar a los coches y recoger a los demás. José
Antonio sufría con su rodilla y Antonio con su tobillo. Voltarén y vendas se
les tuvieron que aplicar. La ruta de vuelta se hizo larga, bastante larga, el
sendero que nunca se perdía se hizo interminable, y para colmo, una
señalización en mitad del camino estaba errónea. Suerte que en los dos grupos
que se formaron, habían dos craks de la montaña como son Fernando y Paco, que
supieron saber tomar la decisión correcta y hacer caso omiso de la
señalización.

A pesar de la niebla que
sufrimos cuando estábamos a los pies, y en lo alto de Simancón, hemos de
reconocer que el tiempo se comportó bien con nosotros. Sólo al final sufrimos
una lluvia constante e incómoda.

Gema, Antonio, José
Antonio, Rafa, Paco, Oscar, Fernando, Lolo (tú también venías) y un servidor, ¡olé!
por todos, enhorabuena. Ha sido una montaña especial, al menos para mí. ¡Olé!
por Antonio por aguantar con el tobillo dañado durante gran parte de la ruta, ¡olé!
por Gema, su esposa, por la entereza que demostró durante todo el camino. ¡Olé!
por José Antonio por los cojones que le echó al asunto, cuando por un momento
lo pasó realmente mal. ¡Olé! por Rafa, el Geográfico Nacional, que siempre nos
saca unas fotos impresionantes. ¡Olé! por Lolo, porque esta crónica y esta
montaña está hecha en tu honor ‘Quien dijo mieo’. ¡Olé! por Paco, por tú incesante
implicación y descubrirnos esta nueva ruta tan maravillosa. ¡Olé! por Óscar, por
hacer que tengamos siempre una sonrisa en la cara y porque resulta que ‘Chao
Chochín’ es divorcio en ¡árabe! ¡Olé! por Fernando, por enseñarnos, como nadie,
a saber disfrutar de la montaña. ¡Olé!, ¡aquí está el tío!, ¡Olé! ¡Porque ha
venío!

Para terminar, destacar
la belleza y el encanto del pueblo de Grazalema, ideal para perderse un largo
fin de semana de invierno. ¡Que ricos estaban los pasteles!



Saludos.



Chico.